Que nunca falten las palabras

Estefanía Celi

Invierno de 1969. Pamplona.

Javier López de Munáin se sienta en su escritorio después de un arduo día de trabajo. “La librería ha estado hoy casi vacía”, piensa. En los tiempos que corren a la gente no le interesa leer. Al menos no a la gente normal. Esta se esconde en la miseria, la pobre situación que les toca vivir. Sí, son años difíciles.

Se enciende un cigarrillo y con toda la pasión que puede existir dentro de un hombre de mediana edad acosado por un régimen autoritario, escribe. Escribe porque no existe nada más, nada que le haga feliz.

Como tenemos costumbre todos los seres humanos, tratamos nuestra propia vida como eje principal. El amor que describe es de aquella mujer que le hizo soñar, los horrores que cuenta fueron vistos por sus propios ojos, así como las emociones que algún día recorrieron su piel.

La máquina de escribir termina una línea tras otra. Está casi listo. No importa que nadie vaya a leerlo. Importa que existe, como él mismo, como su vida, su todo. Acabada la cuarta taza de café decide irse a la cama, al fin y al cabo ya son las 4 de la madrugada y la noche no da más de sí.

Muchas páginas habían pasado por sus manos, muchos escritos de gente como él mismo.

En la librería donde trabajaba se guardaban los más preciados tesoros de papel y tinta. Universos infinitos de imaginación y grandeza sepultados. Un crimen sinceramente atroz a la humanidad. Porque cuando no quedan historias que contar, que leer, ¿qué queda?. No existe manera de escapar, de buscar algo mejor.

Hay que decirlo, no todo estaba prohibido, aunque sí la gran mayoría. Lo interesante estaba cerrado bajo candado. Y sólo unos privilegiados (rebeldes privilegiados) podían disfrutar de tales placeres…

Javier va a trabajar al día siguiente y trae consigo lo que más aprecia en el mundo: su manuscrito. Aquella mañana se había levantado a las 5:45 a.m. para acabar con él. De una manera muy precaria había conseguido incluso encuadernarlo para guardarlo ahí, en la “sección prohibida” con los otros grandes de la literatura; los otros, que como él, no tenían miedo de hablar sobre todo. No temían el castigo.

Lo deja sobre una estantería marrón, orgulloso lo observa. “No es maravilloso, pero algún día lo será. Cuando una persona pase sus dedos por las páginas y sienta con mis palabras habrá valido la pena”, piensa para sus adentros.

El día en el trabajo prosigue normal. Se venden ejemplares de los clásicos de derechas (aquello era lo que interesaba), incluso algún libro de William Shakespeare, su escritor favorito. Sale a media mañana a tomarse un café al bar de la esquina. El camarero, un viejo amigo, le pregunta:

-¿Y ese libro tuyo, qué tal va? ¿Todavía sigue el proyecto en marcha o es que has abandonado como tantos otros?

-Todavía sigo y nunca desisto. Es más, pronto lo encontrarás en las estanterías de las mejores librerías de esta ciudad.

El camarero ríe con ganas, con ese tipo de risa que contagia esperanza para que ese “pronto” no tarde demasiado en venir.

Después de haberse quedado largo rato en el café y hablando con el mismo, Javier regresa alegre al trabajo. Las nubes no acechan por el momento y los rayos de sol le hacen sonreír pensando en que sería un jueves inolvidable.

Pamplona le sonríe como pocas veces.

Al caer la noche, la tranquilidad adueñaba su cuerpo. La nicotina tomada durante la jornada había hecho lo suyo al dejarle contento.

Pero de repente, algo pasa. Está confuso. Se oyen ruidos demasiado intensos, demasiado fuertes desde fuera, pero sin embargo, hacia dentro… Siente cómo las metralletas atraviesan las paredes de aquel sitio que era como su hogar y no puede hacer nada más que esconderse bajo el escritorio.

Unos minutos después, el ruido cesa y el silencio de la noche abarca cada centímetro del pequeño local. Las balas lo habían atravesado todo. Miles de páginas destruidas por la voluntad de unos pocos. Entonces reacciona.

Corre hasta la estantería marrón de aquella mañana que tan maravillosa le había parecido y allí estaba su libro, hecho pedazos. Lo que había tardado meses en redactar y años en construir. Acabado.

Pasaron los años. Javier ha envejecido, pero no sus ideales. Cuenta una y otra vez la historia de aquel día con añoranza de aquellos tiempos cuando la esperanza lo era todo en su vida. Nunca más intentó publicar ninguno de sus trabajos, pero todos los días, al volver de la librería, se sienta detrás de su escritorio con un cigarrillo.

(NOTA: este relato está escrito a partir de la siguiente entrevista

http://www.diariodenavarra.es/noticias/navarra/mas_navarra/prohibido_siempre_vendido_mejor_39378_2061.html)