Jóvenes del mundo

Estefanía Celi/Paula González

Hogar es una palabra relativa, casi un concepto abstracto. Hay en Mallorca una alfuencia de personas, culturas, razas, etnias, procedencias… que la hace digna de ser comparada con el París de los años 20: es un punto de encuentro. En los jóvenes, la cualidad cosmopolita se acentúa y raíces y cultura mallorquina se entremezclan hasta configurar individuos ajenos a unas tradiciones concretas. Crecen como seres individuales y únicos para los que no existe la tierra prometida: el hogar está en sí mismos, sus tradiciones son las que ellos eligen y su cultura, ellos mismos.

 Según Fernanda Martínez, una psicopedagoga argentina que hace once años que llegó a España, los jóvenes se acostumbran enseguida a estar en contacto con diferentes culturas. Fernanda asegura que las personas de corta edad tienen unos procesos mentales expansivos, que precisamente abren su mentalidad, a lo que añade que piensan que se puede crear un “puente amoroso donde lo que digamos y compartamos sea lo humano, tuyo y mío, no importa de dónde tú vengas ni dónde yo esté. Importa que somos humanos los dos con procesos internos muy parecidos”.

 “Algunos de mis contemporáneos deberían aprender de sus hijos y absorber lo nuevo que se les ofrece”

 Sin embargo, explica la profesional, que si bien esta actitud se repite constantemente en las personas de edad poco avanzada, los adultos suelen sufrir más la melancolía. “Ellos ya se han hecho, adaptado al medio. Al entrar en contacto con lo desconocido, los adultos tienden a refugiarse en lo que ya saben, no dan lugar a nuevas posibilidades”. La psicopedagoga y emigrante argentina admira la capacidad de los no tan mayores que, dice, “son más sabios que los adultos porque se dejan nutrir”. “Algunos de mis contemporáneos deberían aprender de sus hijos y absorber lo nuevo que se les ofrece”, remata.

Fernanda es solo un ejemplo de las personas que engrosan las listas oficiales de inmigración y que, pese a que actualmente tienden a la baja, hasta hace un par de años aumentaban cada año. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), Baleares tiene el mayor índice de inmigración de España, conformándose como una de las comunidades autónomas del país más cosmopolitas. Ciudadanos de todo el mundo abandonan su lugar de origen para trasladarse a este archipiélago donde apenas existen las barreras culturales. De un total de unos 180.000 extranjeros residentes en las islas, uno de cada diez son jóvenes menores de 25 años, un colectivo cuya identidad cultural es una mezcla de influencias.

 De un total de unos 180.000 extranjeros residentes en las islas, uno de cada diez son jóvenes menores de 25 años

Precisamente ellos, los jóvenes, no dudan en afirmar la veracidad de esta premisa. “No es una cultura única la que tenemos. Yo voy cogiendo cosas, valores de aquí y allí que particularmente considero que están bien. Los voy cogiendo y me voy nutriendo de lo que puedo llegar a conocer”, explica Qiu Zhi Xin, una joven que llegó de China cuando tenía apenas dos años. Se hace llamar Teresa y cuenta que es consciente de que si se hubiera quedado en su lugar de origen nunca hubiera podido dedicarse a lo que verdaderamente le gusta, la Bioquímica. El tradicional país oriental nunca le habría abierto las puertas de la ciencia. Casos como estos hay muchos, porque en su mayoría, el disfrutar de la experiencia de un cambio drástico de domicilio ha hecho sentirse agradecidos a quienes lo han gozado.

Yazmín Bejarano y Patricia Prado, de Perú y Ecuador respectivamente, son amigas de Teresa. Van a clase juntas y ambas coinciden en afirmar que, a pesar de ser latinoamericanas, hay costumbres de sus países que no son capaces de aceptar. Según explican, lo más normal en América del Sur es que las mujeres de su edad sean dependientes y se preparen ya para formar una familia. Sin embargo, a ellas les enseñaron en casa que esta mentalidad no era acertada, dado que cada persona debía ser libre de elegir y hacer su vida, una de las razones por las que sus padres decidieron trasladarse a Europa.

“Tengo amigos de todos los sitios y de cada uno de ellos aprendo todos los días. No me considero más alemán que español o español que alemán, sino más bien Chris”

 Otra cosa que agradecen los jóvenes cosmopolitas es la oportunidad de convivir en medio de una afluencia de idiomas, de la cual pueden aprender las diferentes formas de hablar y expresarse. “Me ha cambiado mucho la gente con quien estoy. Pero sobre todo me han influenciado mis amigos. Vivimos en Mallorca y aquí hay una variedad de lenguajes increíble. Tengo amigos de todos los sitios y de cada uno de ellos aprendo todos los días. No me considero más alemán que español o español que alemán”, asevera Christopher Belzer, un alemán que no titubea al añadir que él se siente “más bien Chris”.

 Christopher vive en Son Ferrer, una zona que destaca por la presencia de diferentes nacionalidades, en especial provenientes del Norte de Europa, y explica que el contacto constante con diferentes influencias han marcado y siguen marcando su personalidad. Yeiniel Florian, dominicano, corrobora sus palabras y manifiesta que, si bien ha adquirido la “calma” de los mallorquines, aún conserva la “sangre caliente” del país caribeño del cual es originario. “Mis amigos, que son casi todos del norte de Europa, también se han habituado a vivir de manera relajada. No hay nada mejor que tomarse las cosas con calma y disfrutar del momento”, dice.

“La juventud no se pierde lo que se trae, se enriquece con lo que encuentra aquí”

 Se puede calificar a estos chicos, como mínimo, de cosmopolitas -personas que consideran todos los lugares del mundo como su hogar, según la Real Academia Española (RAE)- y decir que su identidad cultural –que la RAE define como valores, símbolos, creencias y modos de comportamiento que crean en el individuo un sentimiento de pertenencia a un determinado grupo social- no depende sino de ellos mismos y sus experiencias. Fernanda admite que la juventud es “muy permeable”, como estos jóvenes. “No se pierde lo que se trae, se enriquece con lo que encuentra aquí”.

 En cualquier caso, todos ellos agradecen la apertura a otros modos de vida que les ha convertido en personas abiertas y tolerantes y, tal como afirma Yeiniel, coinciden en que “no importa de dónde venimos, sino más bien hacia dónde queremos llegar”.

Alejandro Santos: “Si hubiese podido elegir, a lo mejor hubiese decidido ser heterosexual. Es mucho más fácil”

Paula González

Alejandro Santos (Palma de Mallorca, 1992) es un joven universitario. A punto de terminar la carrera con una media notable, es aficionado a tocar el violín, a la lectura… y a salir con sus amigos, como cualquier chaval de su edad. No obstante, reconoce que hay quien no lo considera “normal” porque es homosexual.

¿Cómo cree que ve la sociedad al colectivo homosexual?

Como hace años, como algo repulsivo. No tenemos que dejar de pensar que somos una minoría y la sociedad ve a las minorías como algo que no le gustaría que le tocase.

En cuanto a los estereotipos, ¿considera que los gais y lesbianas están estereotipados?

Sí, hay muchos estereotipos, incluso dentro del mismo colectivo. La sociedad heterosexual nos ve como el típico gay al que le gusta la moda, comprarse ropa, que es afeminado…multitud de cosas que yo creo que son totalmente inciertas porque hay de todo. Y lo mismo para las lesbianas.

De todas formas, opino que muchos de estos estereotipos son ganados. El día del Orgullo Gay, por ejemplo, hay mucha gente que lo ve mal porque piensa ‘¿por qué ellos tienen un día para los homosexuales y nosotros no tenemos un día para los heterosexuales?’. Yo creo que es necesario hacer una manifestación para reivindicar nuestros derechos porque hoy en día aún no estamos igualados, incluso hay gente que no nos considera personas normales, pero también es verdad que el Día del Orgullo Gay se les ha ido mucho de las manos y se ha convertido más que nada en una exhibición sexual, algo que creo que no representa para nada al colectivo.

Hay gente que ve mal el día del Orgullo Gay porque piensa ‘¿por qué ellos tienen un día para los homosexuales y nosotros no tenemos un día para los heterosexuales?’

¿Cree que hay rechazo?

Cada vez menos, pero sí. No obstante, creo que hay bastante tendencia a tolerar el colectivo gay. Si hay ciertos estereotipos yo creo que más que nada es porque al ser un grupo más pequeño llamamos más la atención, mientras que el heterosexual está más visto dentro de la normalidad.

Usted, por ejemplo, ¿alguna vez se ha sentido marginado por su condición sexual?

Sí, por ejemplo cuando iba al instituto. La de veces que he tenido que aguantar insultos y marginaciones de clase precisamente por el hecho de ser homosexual, o más bien de tener, porque en esa época yo no había admitido que era homosexual, unas tendencias que no seguían la corriente de lo que sería un chico normal para ellos.

¿Qué considera que se debería hacer para que esta situación cambie definitivamente?

Se necesita un cambio de mentalidad, de hecho creo que está sucediendo ya, pero me refiero a un cambio de mentalidad por parte de nuestros padres, que inculquen a los niños desde pequeños que no hay diferencias. De todas formas, esto se ve más en el instituto o el colegio, donde nos juntamos todos y a lo mejor hay niños que vienen de una parte de la sociedad, por ejemplo, de padres que no han estudiado tanto o que no tienen tanto nivel de cultura. Eso influye en que suelen ser personas más cerradas.

Se necesita un cambio de mentalidad, (…) pero me refiero a un cambio de mentalidad por parte de nuestros padres, que inculquen a los niños desde pequeños que no hay diferencias.

Entonces, ¿cree que hay diferencias en la manera de ver el colectivo homosexual entre los diferentes estratos sociales?

Creo que sí porque, desde mi experiencia, la gente que me ha insultado ha sido, sobre todo, gente que en su casa no ha tenido un nivel de cultura demasiado alto. Aunque también se nota en gente que es muy religiosa e inculca a sus hijos que el matrimonio tiene que ser entre un hombre y una mujer.

Usted aún está estudiando la carrera, pero ¿opina que los homosexuales tienen más dificultades para ascender en su vida profesional?

Yo en principio no he tenido ningún problema en mi vida profesional, que sería mi vida de estudiante. Creo que en el ámbito profesional esto está bastante controlado.

¿Y más dificultades en la vida personal?

En la vida personal sí que he tenido. (Titubea) Bueno, tener problemas… más bien creo que son problemas que me monto yo mismo porque a lo mejor pienso que no me van a aceptar. De hecho, en mi casa no he admitido que soy homosexual por miedo a cómo se lo va a tomar el resto de la familia. Es muy personal, no es algo de lo que se suela hablar y en familias que son más cerradas o más religiosas, cuesta.

Me considero perfectamente normal, y ni mucho menos estoy loco

Antes hablábamos de los estereotipos, ¿qué opina sobre la tendencia a identificar a los gais como personas dadas a la promiscuidad?

Queda muy mal que lo diga, pero creo que en el fondo hay cierta promiscuidad. Quizás por el desengaño, la dificultad de encontrar pareja, las frustraciones… Pero, obviamente, eso depende mucho de la persona porque hay muchos gais que son personas encantadoras y para nada promiscuos. Como en todo, con los heterosexuales también pasa, hay quien liga mucho y quien liga poco.

Por último, al principio ha comentado que hay quien no le considera una persona normal debido a su condición sexual. Si tuviera delante a uno de estos individuos, ¿qué le diría?

En realidad encuentro que es muy difícil convencer a una persona con esa mentalidad. Le diría, básicamente, que he nacido igual que él, que no he tenido ningún problema psicológico, que nada me diferencia de él aparte de mi condición sexual y que eso no me condiciona como persona. Yo me considero perfectamente normal, y ni mucho menos estoy loco.

Hace poco me pasó que una persona me preguntó ‘Y tú, ¿cómo es que decidiste que te gustaba esto?’ y yo le contesté ‘Es que realmente no es algo que haya decidido, soy así porque soy así’. Si yo hubiese podido elegir, ¿tú crees que yo hubiese decidido esto con lo mal que lo he pasado, sin poder llevar una vida normal por culpa de no poder decírselo a mi familia o ser rechazado por parte de la sociedad? Si hubiese podido elegir, a lo mejor hubiese decidido ser heterosexual. Es mucho más fácil.

(Nota: El entrevistado ha deseado preservar su intimidad, por lo que su nombre real ha sido sustituido por uno falso. El resto de datos proporcionados en la entrevista se ajustan a la realidad, al igual que sus declaraciones)

Que nunca falten las palabras

Estefanía Celi

Invierno de 1969. Pamplona.

Javier López de Munáin se sienta en su escritorio después de un arduo día de trabajo. “La librería ha estado hoy casi vacía”, piensa. En los tiempos que corren a la gente no le interesa leer. Al menos no a la gente normal. Esta se esconde en la miseria, la pobre situación que les toca vivir. Sí, son años difíciles.

Se enciende un cigarrillo y con toda la pasión que puede existir dentro de un hombre de mediana edad acosado por un régimen autoritario, escribe. Escribe porque no existe nada más, nada que le haga feliz.

Como tenemos costumbre todos los seres humanos, tratamos nuestra propia vida como eje principal. El amor que describe es de aquella mujer que le hizo soñar, los horrores que cuenta fueron vistos por sus propios ojos, así como las emociones que algún día recorrieron su piel.

La máquina de escribir termina una línea tras otra. Está casi listo. No importa que nadie vaya a leerlo. Importa que existe, como él mismo, como su vida, su todo. Acabada la cuarta taza de café decide irse a la cama, al fin y al cabo ya son las 4 de la madrugada y la noche no da más de sí.

Muchas páginas habían pasado por sus manos, muchos escritos de gente como él mismo.

En la librería donde trabajaba se guardaban los más preciados tesoros de papel y tinta. Universos infinitos de imaginación y grandeza sepultados. Un crimen sinceramente atroz a la humanidad. Porque cuando no quedan historias que contar, que leer, ¿qué queda?. No existe manera de escapar, de buscar algo mejor.

Hay que decirlo, no todo estaba prohibido, aunque sí la gran mayoría. Lo interesante estaba cerrado bajo candado. Y sólo unos privilegiados (rebeldes privilegiados) podían disfrutar de tales placeres…

Javier va a trabajar al día siguiente y trae consigo lo que más aprecia en el mundo: su manuscrito. Aquella mañana se había levantado a las 5:45 a.m. para acabar con él. De una manera muy precaria había conseguido incluso encuadernarlo para guardarlo ahí, en la “sección prohibida” con los otros grandes de la literatura; los otros, que como él, no tenían miedo de hablar sobre todo. No temían el castigo.

Lo deja sobre una estantería marrón, orgulloso lo observa. “No es maravilloso, pero algún día lo será. Cuando una persona pase sus dedos por las páginas y sienta con mis palabras habrá valido la pena”, piensa para sus adentros.

El día en el trabajo prosigue normal. Se venden ejemplares de los clásicos de derechas (aquello era lo que interesaba), incluso algún libro de William Shakespeare, su escritor favorito. Sale a media mañana a tomarse un café al bar de la esquina. El camarero, un viejo amigo, le pregunta:

-¿Y ese libro tuyo, qué tal va? ¿Todavía sigue el proyecto en marcha o es que has abandonado como tantos otros?

-Todavía sigo y nunca desisto. Es más, pronto lo encontrarás en las estanterías de las mejores librerías de esta ciudad.

El camarero ríe con ganas, con ese tipo de risa que contagia esperanza para que ese “pronto” no tarde demasiado en venir.

Después de haberse quedado largo rato en el café y hablando con el mismo, Javier regresa alegre al trabajo. Las nubes no acechan por el momento y los rayos de sol le hacen sonreír pensando en que sería un jueves inolvidable.

Pamplona le sonríe como pocas veces.

Al caer la noche, la tranquilidad adueñaba su cuerpo. La nicotina tomada durante la jornada había hecho lo suyo al dejarle contento.

Pero de repente, algo pasa. Está confuso. Se oyen ruidos demasiado intensos, demasiado fuertes desde fuera, pero sin embargo, hacia dentro… Siente cómo las metralletas atraviesan las paredes de aquel sitio que era como su hogar y no puede hacer nada más que esconderse bajo el escritorio.

Unos minutos después, el ruido cesa y el silencio de la noche abarca cada centímetro del pequeño local. Las balas lo habían atravesado todo. Miles de páginas destruidas por la voluntad de unos pocos. Entonces reacciona.

Corre hasta la estantería marrón de aquella mañana que tan maravillosa le había parecido y allí estaba su libro, hecho pedazos. Lo que había tardado meses en redactar y años en construir. Acabado.

Pasaron los años. Javier ha envejecido, pero no sus ideales. Cuenta una y otra vez la historia de aquel día con añoranza de aquellos tiempos cuando la esperanza lo era todo en su vida. Nunca más intentó publicar ninguno de sus trabajos, pero todos los días, al volver de la librería, se sienta detrás de su escritorio con un cigarrillo.

(NOTA: este relato está escrito a partir de la siguiente entrevista

http://www.diariodenavarra.es/noticias/navarra/mas_navarra/prohibido_siempre_vendido_mejor_39378_2061.html)

Miguel F. Rovira: “NADIE SE ACOSTUMBRA A LA GUERRA”

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Miguel F. Rovira cuando era delegado de EFE en Manila/Imagen extraída de noticias.lainformacion.com/

Paula González

Miguel F. Rovira ha cubierto durante los últimos 30 años guerras tan mediáticas como la de Iraq o Afganistán; catástrofes naturales de la índole del tsunami de 2004 en Tailandia e Indonesia o el terremoto de Cachemira; golpes de estado como el de Camboya y también la desintegración de un país, como ocurrió en Timor Oriental. Sin embargo, este verano decidió volver a su Mallorca natal –con varios premios a cuestas- a trabajar para probar algo nuevo, puesto que cubrir guerras y terremotos se había convertido ya en algo rutinario para él.

En cualquier caso, el reportero de EFE se ha forjado una larga trayectoria cubriendo situaciones de conflicto a nivel mundial y tiene muy presente que “nadie se acostumbra a la guerra”, ni los periodistas que van a trabajar, en teoría ajenos a lo que allí ocurre. Acaban encariñándose de las personas a las que van conociendo y, un día, les llega la noticia de que Tal ha muerto o a Cuál la han violado. Algunos acaban pidiendo la baja por depresión, reconoce.

En Afganistán tuvo un intérprete que se había comprado un taxi para sobrevivir durante el Régimen Talibán y cuyo sueño era emigrar a Canadá. A sus veinte y tantos años decía que “estaba enfermo de guerra” porque había nacido y crecido con ella y consideraba criminales tanto a los de un bando, como a los del otro.  “La guerra es un horror”, afirma el periodista. No hay comida, los precios suben a causa de la corrupción, hay inseguridad, las violaciones se disparan, los sobornos dificultan que la población pueda mantener sus puestos callejeros…

Por otra parte, para Miguel no hay ninguna guerra igual. “Más allá de la violencia”, no encuentra ninguna similitud entre las que ha cubierto. Lo que es cierto es que si el país es más pequeño, se nota en todas sus partes, como ocurrió en el antiguo Timor Oriental; mientras que en regiones más grandes como Iraq o Afganistán, algunas zonas quedaron “tranquilas” –con explosiones esporádicas que la gente esquivaba más o menos fácilmente- , puesto que la guerrilla no tiene capacidad para actuar en todas las zonas por igual.

RIFLES BAJO BURKAS

Según el reportero, hay dos tipos de guerras: las que enfrentan a dos ejércitos convencionales y las que se dan entre un ejército convencional y la resistencia o guerrilla. La afectación de la población es mucho mayor cuando intervienen las guerrillas.

Miguel explica que por cada mil hombres luchando de un ejército convencional, hay detrás una media de otros 10.000 militares que les apoyan y se ocupan de la alimentación, la munición, las comunicaciones… mientras que los luchadores de las guerrillas tan solo cuentan con la ayuda de la “gente del pueblo”, que es la que les provee de alimentos y se viste con burkas para esconder debajo los Kalashnikov que consiguen en el mercado negro.

El tráfico de armas es fundamental para las guerrillas, puesto que los conflictos ocurren, primero, por razones políticas, y luego, porque se encuentran dos bandos que tienen armas. Si solo hay uno con armamento, se impone o se produce una represión. Por eso, las dictaduras siempre intentan dividir a la resistencia –por aquello de que “la unión hace la fuerza”- y evitar que consigan armas.

Miguel cree que los países “son pobres porque hay guerra” y no al revés, y se opone a que naciones que se dicen desarrolladas, como Estados Unidos, intervengan de manera individual en las regiones en conflicto. En todo caso, “quien tiene que intervenir es Naciones Unidas”. No obstante, “yo no he visto nunca que hayan resuelto otros países ningún conflicto, ni siquiera Naciones Unidas”, añade.

EL TRABAJO Y LA HUMANIDAD PUEDEN IR LIGADOS

“Tú eres un periodista, pero eres persona”. Miguel intenta que su lado humano no entorpezca su trabajo, pero él mismo ha socorrido a quien lo necesitaba en un momento crítico, ya fuera de un bando u otro, puesto que “somos personas ante todo”. Otra cosa es que no se pueda ayudar porque “si te pones chulito, el tiro va para ti”, se lamenta.

En este sentido lo tiene muy claro. En los conflictos es muy importante no perder los estribos. “Miedo lo tiene todo el mundo, lo que hay que hacer es controlarlo”, tanto por la propia vida como por la de los demás. Además de eso, un reportero de guerra debe tener capacidad para improvisar, ser frío, adelantarse a la información, no dejarse engañar comprobando siempre las historias y, algo que no se suele tener en cuenta: resistencia física. Él mismo cuenta que ha pasado días sin comer ni beber, subido a montañas con glaciares, andado kilómetros…

Ahora, después de 30 años, vuelve a Mallorca y trae consigo un grueso álbum de experiencias que ya quisieran muchos, mientras que para él han sido el pan de cada día durante tanto tiempo. Ha decidido que quiere experimentar algo nuevo: cubrir ruedas de prensa, hablar con el Ayuntamiento, hacer comunicados… otro tipo de periodismo.